ENCUENTROS  EN  LA  ORILLA

Estaba soñando, como habitualmente, en mi rico lugar eterno. Como usualmente a lo largo de un emplazamiento costero de mi pasado. Había olas, muchas. Me quedé fijo, observándolas; cuando así me percaté de que me había trasladado fugaz y nítidamente a las playas blancas del Sahara Occidental, donde yo viví. Eran y son brillantes, bañadas por un sol amigo de los minerales cristales que dominaban su ser, amigo así también del ser humano. El hombre que allí habitaba con sus costumbres de gran vitalidad.

Paseé y hablé con las olas. Olas que añoraban a una persona que se bañó multitud de veces, en múltiples ocasiones en esas latitudes cuando tenia menos edad. Olas que vibraban de un azul puro, que no se detenían ante y a través del tiempo. Les dije a ellas que quería ver la espuma con la que jugaba en mi niñez. Ya que mi pasado fue tórrido en luz y color, allá en el norte de África. Repleto de gentes amables de la raza orgullosa e inteligente llamada touareg.

Cuando así sucedió algo llamativo: Un niño surgió del pensamiento. Un chaval rubio, menudo y ágil con la palabra y comunicación, que estaba muy vivo, agitando sus manitas. Me preguntó que si deseaba jugar con él, ya que no tenía con quién. Percibí en su rostro un halo familiar. Algo que soportan los que se sienten solos. Ya que fui infante, niño y bebé, accedí. Indague en ver qué juego le gustaba, cual deseaba. Entonces él dijo que deseaba aprender...

--¿A qué?—añadí yo.

--A ser caritativo. –respondió—Yo seré pobre y tu me darás una ayuda...

Continuó diciendo...

--Si todos los niños juegan a eso, no habrá más hambre ni injusticia.

Y él se llevó las manos a la cabeza. Yo reprendí:

--La enseñanza del mundo estriba en la caridad. Cuando dije esto a él se le encendieron los ojos, señalando fuertemente con esta idea:

--¡Enseña al mundo!

Yo reservado y retrocediendo exclamé:

--Yo no soy un maestro, sino amigo, un posible amigo...  nada más que eso...

Sus ojitos se entornaron agudos en búsqueda; hallaron esos vivos ojos una resolución.

Entonces podemos jugar a que soy pobre, rico en sentimientos. Tu serás rico y débil en el sentir. Algo me agitó. Su voz me era familiar. Pregunté quien era y ésta fue su respuesta, tan linda como acogedora:

--Soy tú cuando eras niño. Me desperté y levanté, después de las labores matinales escribí este sueño.

 

Es un sueño sencillo, en verdad y realidad. Donde me pido a mi mismo ser bondadoso. En el que me pido cuando era niño ser natural. En el lugar en que yo cuando era niño comprendía más que ahora. El ahora de un mundo que ha perdido la noción de caridad.

Los niños juegan, los adultos trabajan. Y desde hoy podrán escucharse a sí mismos los jóvenes del pasado que pidan a ellos la misericordia de escucharse en la actualidad tras leer este escrito y su corazón.

 

Hermanos: Jugad a la vida de todos. Todos somos niños en el pasado. Nadie es mayor que nadie, ¿entonces, por qué hay desigualdad? ¿No podemos enseñar a compartir?

¿Qué es aquello que aprenden los niños? Es muy difícil educar. Pero, ¿qué diríamos al niño que fuimos si nos viésemos ahora en nuestro propio futuro? Yo os lo digo, nos sentiríamos decepcionados. Y nos soy profesor ni maestro de escuelas; sino un amigo que aún recuerda su pasado a través del sueño. No te olvidas de ti mismo. Rescata ese ser que vive en ti. Rescata ese sentimiento que tuviste, aquí y ahora. ARDILLA 27